Mi?rcoles, 06 de octubre de 2010

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El caso Hoppenheimer

Por Sigifredo L?pez Herrera

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Cuando se ha le?do la formidable biograf?a de Peter Goodchild sobre Julius Robert Oppenheimer, que corresponde a la obra original inglesa "Oppenheimer: The Father of the Atom Bomb", traducida del ingl?s al espa?ol por Domingo Santos, puede uno esforzarse para estar de acuerdo o no con muchas de las opiniones vertidas por el autor y por escritoras como la se?ora Markah Rabell, excelente cr?tica y periodista.

La fotograf?a de Oppenheimer que ilustra el presente texto pertenece a un art?culo de Jeremy Bernstein, cient?fico y profesor visitante de las universidades?de Oxford, Rockefeller e Islamabad, una imagen que despu?s de haber recorrido las 267 p?ginas del libro, nos muestra el rostro y el alma de un cient?fico en sus d?as de controvertida gloria y triste destino. Solamente de esta manera, sumergidos en los renglones de su vida, podemos darnos cuenta de la profundidad que encierra esa mirada triste y apesadumbrada de quien fuera el director del famoso Proyecto Manhatan, es decir, la direcci?n del proyecto de construcci?n de la bomba at?mica.

Cuanta raz?n tiene Markah Rabell cuando se?ala: "Vida tr?gica la de los sabios actuales cuando su papel deja de ser el de te?ricos abstractos, cuando sus c?lculos en el papel se transfoman en objetos que siembran la muerte y la destrucci?n. ?Qui?n puede decir --apunta la se?ora Rabell-- si?han de ser condenados o admirados?" Se asegura que pocos d?as antes de su muerte, el presidente Roosevelt recibi? una carta de Albert Einstein, en la cual el sabio le suplicaba que no hiciera uso de la bomba at?mica, carta que nunca lleg? a manos del presidente estadounidense, y que fue encontrada a?n sellada sobre su mesa de trabajo, ya fallecido el estadista.

He tenido la suerte y el honor de haber le?do el art?culo del se?or Bernstein, que por cierto se titula "La educaci?n de un cient?fico" por la sencilla raz?n de que, al parecer, el mismo Jeremy Bernstein, como el resto de los cient?ficos j?venes de aquel entonces, tuvo la fortuna, as? lo dice,? de conocer a Robert Oppenheimer en Cambridge, y la siguiente vivencia o an?cdota contada por ?l mismo pone de manifiesto esa fuerza cat?rtica que inspiraba Oppenheimer.

"Mi primer encuentro con Oppenheimer no fue en Princenton, sino en Cambridge. ?l hab?a venido a Harvard en la primavera para ofrecer una serie de conferencias al p?blico en general. No recuerdo el tema --dice Bernstein-- pero tengo la clara imagen de dos maravillosas ancianas con guantes blancos, cabellos azules y sombreros con flores, que se sentaron delante de m? y en un punto de la conferencia cuando Oppenheimer comenz? a escribir algunas ecuaciones en la pizarra, ellas se tomaron del brazo para darse seguridad".

El ejemplo resulta maravilloso porque precisamente la ?ltima palabra del par?grafo "seguridad" ser? el leit motiv, el signo, la se?al, por las cuales la vida de Oppenheimer caminar? hasta sus ?ltimas consecuencias por haber mantenido "relaciones" de espionaje con elementos comunistas, a tal grado que tuvo que someterse a la audiencia de un consejo de seguridad personal y a un juicio nacional que le acus? de "traici?n a la patria" por la cual se le suspendi? y se le neg? a seguir trabajando con el gobierno, releg?ndolo al ostracismo luego de que el mismo gobierno federal lo nombrara, de cabo a rabo, director general de todos los proyectos de construcci?n de armas nucleares y se le conociera por su reputaci?n y dedicaci?n como el "Padre de la Bomba A".

Al respecto la se?ora Markah Rabell explica: "Cuando el doctor Oppenheimer fue nombrado jefe de las investigaciones at?micas contaba con 39 a?os de edad y era un brillante sabio te?rico, provisto de una cultura humanista excepcional pues dominaba ocho idiomas, adem?s le?a lat?n, griego y hebreo y le?a a los Vedas en su antiguo? texto escrito en s?nscrito. Y este hombre, inclinado por la naturaleza del idealismo, de la investigaci?n filos?fica pura, tuvo que ser asociado al nacimiento del hongo monstruoso de la bomba at?mica".

El mismo Peter Goochild se?ala en su libro: "A Oppenheimer se le conoce como el progenitor de la bomba at?mica. Fue sometido a una investigaci?n de seguridad pedida por el propio presidente Eisenhower. Fue una investigaci?n que de hecho se convirti? en un juicio por traici?n. Robert Oppenheimer que hab?a dirigido con ?xito los esfuerzos de los cient?ficos en Los Alamos, fue acusado de ser un agente sovi?tico, incluso de ser c?mplice del esp?a at?mico Klaus Fuchs. Fue una sorprendente ca?da en desgracia, cuyos or?genes hay que buscarlos en su vida interior y en sus a?os de acad?mico durante la d?cada de los treinta".

Y cuanta raz?n hay en eso al pasar sobre nuestros ojos la ?ltima p?gina, una lectura que nos da la sensaci?n de que se cometi? una injusticia con "Opphie" como as? lo llamaban sus amigos. Una injusticia que tambi?n habr?a que verse a la luz de su vida como hombre de ideas, fil?sofo, intelectual, de tendencia socialista, en un pa?s y en un sistema que no le dejar?a realizar ni el m?s m?nimo movimiento.

Julius Robert Oppenheimer muri? un 18 de febrero de 1967. La causa fue un c?ncer en la garganta. Durante su funeral un cuarteto de cuerdas interpret? algunas notas del Concierto en Do sostenido menor de Beethoven. Sus cenizas fueron llevadas a Islas V?rgenes para ser esparcidas sobre el mar. Platica la periodista Markhal Rabell que muchas veces se le oy? decir a Oppenheimer: "Yo soy neutral, yo quiero ser neutral". Pero ya en 1954 estaba sentado en el banquillo de los acusados en un pa?s dominado por el macarthismo. Acusado de neutral, de tibio y de mal estadounidense por no denunciar, por no cazar a sus enemigos compa?eros comunistas en su entorno. El caso Oppenheimer fue un dilema para los jueces quienes le indilgaron, luego de finalizar el juicio, la palabra "indigno".

Otro de los grandes f?sicos alemanes Max Hedwing Born, conocido en la literatura qu?mica como Max Born, en uno de sus art?culos biogr?ficos titulado "Recuerdos y reflexiones de un f?sico" cita a Oppenheimer dentro de un?cap?tulo denominado "Los humanistas y los cient?ficos" y en el cual da a conocer importantes puntos de vista sobre el quehacer de la ciencia de sus hacedores. "Mi esperiencia personal --dice Max Born--? me ense?a que muchos cient?ficos e ingenieros son muy cultos, tienen conocimientos de literatura, historia y otras ramas de las humanidades; les gusta el arte, la m?sica e incluso pintan o tocan alg?n instrumento. Puedo presentarme a m? mismo como ejemplo: conozco y me gusta una gran cantidad de prosa y poes?a alemana e inglesa, e incluso he hecho el intento de traducir al ingl?s a un poeta alem?n, Wilhelm Bush, quien en sus versos ataca la hip?crita moralidad burguesa alemana mediante el uso de juego de palabras o del chiste aparentemente inofensivo, descarnando la realidad innegable".

Y contin?a diciendo Max Born: " Amo la m?sica y en mis?a?os juveniles llegu? a tocar el piano lo bastante bien como para poder participar en un concurso. He le?do libros, leo libros de historia y sobre nuestra actual situaci?n socioecon?mica y pol?tica. Einstein eran un buen violinista; Max Plank, un excelente pianista, lo mismo le pasaba a Heisenberg.?De todas formas, dice Born, el pensamiento de los cient?ficos naturales encierra un peligro latente para la humanidad pues no distingue suficientemente entre su entusiasmo por su actividad y la utilidad de ?sta para con la humanidad. S?lo as? puedo explicarme --se?ala-- la conducta de muchos compa?eros, por ejemplo, la de Edward Teller, el padre de la bomba de hidr?geno, o bien, Oppenheimer, el director del equipo que construy? la bomba at?mica y a quien muchas veces le o? decir: "Todo lo que resulta t?cnicamente dulce, se lleva a la pr?ctica". Y hasta entonces pens? en que esa era la actitud natural de un investigador nato".

Oppenheimer era un cient?fico apol?tico, alguien que por accidente se acerc? a este escenario. Tras conocer a Jean Tatlock, una joven de esacasos 25 a?os de edad, ?sta mujer lo va a enlazar con actividades de izquierda, al grado de que cuando conoci? a Opphie, ella era miembro del Partido Comunista. El propio Oppehneimer habr?a de expresar: "A trav?s de ellos empec? a comprender cu?n profundamente los acontecimientos pol?ticos y econ?micos pueden afectar la vida de los hombres. Empec? a sentir la necesidad de participar m?s plenamente en la vida de la comunidad".

En 1939, Oppenheimer, mientras daba clases en el Instituto Tecnol?gico de California, conoce a Kathyn Puening, una alemana. El padre de ella trabajaba en la industria del acero. Cuando Kitty como se le conoc?a se casa con Oppenheimer era ya su cuarto matrimonio. De su relaci?n matrimonial nada bueno result?, con excepci?n de su primer hijo, Peter. Quienes la conoc?an dijeron que era una farsante, intrigosa, de convicciones pol?ticas falsas, en pocas palabras, una de las pocas personas realmente malas.

La vida ?ntima de Julius Robert Oppenheimer tuvo altibajo que afectaron su personalidad, aunque no totalmente. Opphie ten?a la costumbre de formar una coraza dentro de s? mismo cuando le hablaban de mujeres. En una ocasi?n su hermano Frank, recuerda haberle pedido un consejo debido a que ten?a la impresi?n de que le costaba trabajo hablar con las chicas, y el seco comentario de Oppenheimer fue el siguiente: "No es responsabilidad tuya, sino de ellas".

Finalmente inmerso en un destino que el gobierno de los Estados Unidos de Norteam?rica le hab?a preparado, como era el caso de la construcci?n de la bomba at?mica, ya que los alemanes de Hitler constru?an la suya, Oppenheimer se vio en la necesidad de entregarse por entero a la labor casi tit?nica de obtener la primera bomba nuclear, la misma que en 1945, un 6 de agosto, el Enola Gay, un bombardero B-29, la dejara caer en la ciudad japonesa de Hiroshima, exactamente a las 8:14 horas de la ma?ana. La escritora Rabell recuerda aquellos momentos de todos conocidos: "El mayor Thomas Ferebee, quien accionara la bomba, al ver el impresionante estallido y el destructor oleaje, exclam?: "?Santo Dios, qu? hemos hecho!"

Robert Oppenheimer se llev? a la tumba el "mea culpa" que no le dio descanso en sus ?ltimas d?as de su vida. Pero a?n se recuerdan?sus palabras?en relaci?n?con las imprecaciones de la ciencia en el mundo moderno: "Einstein proclamaba, tal como antiguamente lo proclam? el Eclesiast?s: "La ciencia, vanidad de vanidades, todo es vanidad".

Saltillo, Coah., domingo 28 de febrero de 1999


Publicado por siglophe @ 17:27
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