Martes, 12 de octubre de 2010

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El crimen de la calle M. Suess

Por Sigifredo L?pez Herrera

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Los pen?ltimos d?as de invierno son impredecibles. Algunos tienen el sabor del vinagre, otros saben a pan casero. Yo prefiero estos ?ltimos porque su levadura abrasada por el calor familiar me permite mirar uno y mil humores pegados a cuerpos de mil y un paseantes. Por la ma?ana, los rayos del sol encienden las calles de la ciudad?dej?ndose caer oblicuamente y despejando el aire denso de la noche anterior. Las rebanadas de sombra que a?n quedan sobre el asfalto?se van diluyendo hasta desaparecer conforme avanza el d?a. Los comerciantes del centro de la ciudad abren sus negocios mostrando sus productos que yacen a la intemperie como sombreros, chaquetas, sarapes, calzado, ponchos de lana y algunos que otros maniqu?es de rostro adusto.

A los ojos la vida nos ofrece historias inquietantes y uno que otro panorama dulcificado por el quehacer humano. Pero cuando uno llega a poner los pies sobre aquella alfombra dispareja y turbia, ah? mismo, a un costado del Mercado Ju?rez, el tufo maloliente se acomoda mecido por el viento fr?o de los rincones?ocultos y nauseabundos. Un viento a rafagas dibuja los vaivenes de las parduzcas ratas que viven entre la inmundicia sanguinolenta?casi pegada al cuerpo humano sobre la banqueta a ras del suelo. Es el mundillo infrahumano que todav?a guarda muchos secretos. Mon?tono, sorpresivo y parad?jico. La zona peatonal de M. Suess comienza a llenarse de gente convocando en el esp?ritu de cada uno a la crema y nata de un sector transitorio que va desde el corredor de la bolsa de Wall Suess hasta el padrote de botas y copete que merodea con sus redes de camisa de seda y pantal?n de cuero negro a damiselas y homosexuales.

A ese extenuante paregrinar citadino se une el berrido estridente de fam?licos cabritillos puestos en venta. El tamborileo de los dep?sitos de basura, el trajinar de se?ores de sombrero de ala ancha que no hallan donde poner sus enormes manazas; sobre ese sofocante panorama se suma el recalcitrante rostro del desempleo, ajedrez de sentimientos y actitudes donde s?lo reinan dos opciones: ganar o perder.

En tanto el sol avanza en lo alto braseando a su paso nubes de formas caprichosas, los adoquines de la callecita M. Suess van reduciendo sus espacios para dar cabida a la infinidad de voces y pareceres que ya brotan y brincan de un lado hacia otro entre sombras que empeque?ecen por temor. De pronto, quienes laboran en sus peque?as parcelas y oficios enmudecen al ver venir a un hombrecillo obeso, paticojo que se acerca casi a empujones. Arrastra un ajado bast?n de madera del mismo color de su piel caoba y del tama?o de su pierna inservible.

--?Es El Ronco! --vociferan algunas voces.

--?Hola, Ronco, ?ya vienes del P?rsico?

-- Claro, Manitas, del P?rsico y con tu vieja, cabr?n.

Las manos de El Manitas lustran nerviosamente del calzado mocas?n de un cliente, quien a su vez ha reprimido una leve sonrisa pensando: "Le sali? el tiro por la culata, al compag?ey".

M?s all? en el cruce de las calles de Suess y Aldama parlotea fren?tico un joven merolico: " S? damas y caballeros se?oritos y se?oritas esto que van a ver ustedes esto que van a ver sus propios ojos es muy sencillo de preparar es un medicamento natural que nada le pide ni nada le copia a los grandes medicamentos del mundo y que tiene que ver mucho conque usted salga por las noches en tiempo de fr?o y de calor s? se?oras y se?ores atr?s de la raya no me vayan a pisar un juanete y es que si usted se?ora usted se?or todas las noches...

Un vientecillo ma?anero aulla lastimeramente, aguijoneado por las puntas solares. A lo lejos, el reloj de la Catedral de Santiago?repica sus horas con la tranquilidad? de casi 200 a?os de existencia.

--Si?ntate aqu?, Ronco, que te puedes cansar con la ?nica que te queda. ?ndale, ?ndale, no seas terco. ?Qu? te pasa Ronco? No estires tanto el cuello que te puedes torcer.

El Ronco petrific? ligeramente su?hinchado rostro, al tiempo que mov?a sus diminutos ojos inyectados por el alcohol de d?as anteriores. Ech? la pierna a un lado como si fuera un esturbo. Sus manos de ni?o se apoyaron en el hombro derecho?del amigo y dej? caer su abultado cuerpo a ras del suelo, sobre la banqueta, recargando su amplia espalda un poco?encorbada contra la pared de aquel espacio. Ninguna persona repar? en ellos y s? en cambio el olor proveniente de los dep?sitos de basura y el jedor de la sangre de los cabritos sacrificados modific? el gesto impasible de aquellos dos amigos.

?--Oye, todo est? igual, nada ha cambiado, mi valedor. Estoy siempre en la creencia de que sigo comiendo y oliendo lo mismo de todos los d?as, ?no te parece Ronco?

La mirada de El Ronco no estaba con su amigo de trabajo. Buscaba en el cielo espacios raros de su existencia y recuerdos que lo empaparan m?s de odio y coraje. El sol se met?a sin permiso entre sus ropas a la fuerza, endiabladamente.

--Sabes, Manitas --por fin habl? El Ronco--. Ayer le dije a mi vieja que muy pronto le dar?a?el chivo, su lanita, y ?a que no sabes? Ja, ja, ja, no me la crey?. Me dijo que vendr?a contigo para ver si me encontraba y delante de ti me lo arrancaba de las manos a dentelladas la muy hija de puta. Pobrecita, las cosas que hace el amor, ja, ja, ja, ja.

--No son cosas, Ronco, ni nada que se le parezca --le respondi? a su manera El Manitas, quien se adelant? colocando entre los dos un muro invisible de precauci?n y con su ojo izquierdo semituerto un rictus insospechado de tibieza animal.

--?Cu?nto es maestro?

--Quince pesos por la grasa, jefe.

El sol hab?a hecho ya, como todos los d?as,?su laguna de claridad entre uno y otro. El azul del cielo se iba transformando en otro m?s denso y oscuro. Como si en el firmamento empezara a dibujarse la palabra tragedia, a punto de ser escrita por alg?n ?ngel salido del Olimpo?celestial o bien por manos conocidas. El Ronco y El Manitas se conocieron all? por los a?os setentas cuando la historia del M?xico de hoy empezaba a tener nuevos br?os y cambios substanciales. Eran los a?os felices, los tiempos del climax juvenil que todo lo envuelve y pintarrajea. El carrete de LSD y su trigonom?trica enso?aci?n con viajes pagados a la luna y nada de regresos. Emociones a granel, suavizadas por la permanente levitaci?n de irse siempre a las alturas, cerrando los ojos, alzando la "V" de la victoria en el amor y la paz, todo eso aderezado sobre las aristas de la geom?trica vida valemadrista.

Los alias llegaron mucho despu?s. Hay quienes dicen que El Ronco tomo su nombre luego de un accidente donde perdi? la pierna izquierda al enredarse con los rayos de su motocicleta y no, como dicen otros, por su delgadita y chillona voz de mezzosoprano que el tiempo y el alcohol le fueron transformando hasta debilitar sus endebles cuerdas bocales que hoy suenan como bufidos de toro viejo, arrastrando las palabras. (Continuar?...)




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Publicado por siglophe @ 21:56
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