Domingo, 14 de noviembre de 2010

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Mar?a F?lix, por ella misma

Por Sigifredo L?pez Herrera

(Compilador / I )


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A cualquiera que viva ante las candilejas como yo lo he hecho durante los ?ltimos 18 a?os, le resulta dif?cil tener vida privada porque el p?blico se considera, en parte con justicia, autor del triunfo y la fortuna de una actriz, y supone por lo tanto que ?sta le pertenece. Asuntos personales, particularmente los de ?ndole sentimental --que una persona menos envuelta en el torbellino de la publicidad podr?a ocultar y olvidar-- son magnificados hasta adquirir dimensiones de esc?ndalo; y cualquiera que sea la verdadera conducta de la estrella cinematogr?fica, la prensa y el pueblo inventan an?cdotas que atribuyen a su h?roe o heroina. El p?blio parece decir: "Muy bien muchacha te hemos colmado de alagos, fama y dinero, ahora tendr?s que pagar el precio".

Durante mi vida de estrella de la pantalla he sido acusada del secuestro de mi propio hijo, de abuso de confianza, "robo" de un collar de esmeraldas que se me dio como regalo de bodas, de haberme casado con un hombre solo por su dinero, de ser amante de otro con miras publicitarias, y de haber concedido mis favores a presidentes y generales. Y hasta se ha asegurado que soy adicta a las drogas. No pretendo parecer un ?ngel porque para ello se necesita aureola, y es lo que menos tengo, pero s? puedo afirmar que nada de esto es verdad. Lo ?nico cierto es que he sido una mujer con temple de acero y que no he titubeado en luchar por lo que cre?a merecer; como tambi?n es cierto que me he casado varias veces y que dentro de ciertos l?mites, sin molestar a nadie, he hecho lo que me ha parecido bien. Pero yo creo que siempre he dado m?s de lo que he recibido, y cuando he amado, lo he hecho porque el sentimiento me sal?a del alma y no por razones mezquinas.

Mi vida ha sido un eterno amar; y cuando hablo de amor no me refiero exclusivamente a la pasi?n f?sica, carnal, sino tambi?n a ese sentimiento espiritual que acerca toda criatura humana a sus padres, a sus hijos y a sus semejantes en general. Tambi?n me refiero al amor que inspiran las bellezas naturales, la bondad de la amiga o el amigo generoso y la vida en s?, pues el amor ?desnudo de toda vestidura carnal es a mi juicio la esencia suprema de la existencia.

As? he podido entender que todo amor, hasta el m?s puro, entra?a alg?n sacrificio, cierta entrega del propio ser, y por ello he dado mucho de mi alma en infinitas ocasiones, incluso cuando he amado s?lo un ideal, un objeto, una manifestaci?n de belleza y, por encima de todo, al Supremo Creador que me ha rodeado de maravillas dignas de amar. Siempre he cre?do que ?l me ha dado m?s de lo que merezco, y en realidad me considero una mujer muy afortunada porque me dot? de determinadas facultades y yo, con su ayuda, he sabido aprovecharlas. He disfrutado de una vida plena de emociones y a veces gratas... muy gratas, a veces amargas, pero muy amargas; y ahora pienso narrar por primera vez algunos de los hechos reales de esa vida. No me propongo relatarla totalmente porque a ello se opone la m?s elemental prudencia, pero s? contar? algunos de los pasajes que recuerdo mejor y que pueden encerrar cierto inter?s para la persona que lea el relato.

H I S T O R I A

MI historia comienza el 8 de abril de un a?o que muchas personas quisieran saber pero que a m? no me da la gana citar. Es d?a nac? en el barrio de la Colorada de la ciudad de ?lamos, Sonora, para felicidad de mi padre Bernardo F?lix, comerciante de la regi?n del Yaqui, y de mi madre Josefina Gure?a, descendiente de vascos espa?oles. ?lamos era un gran centro minero, y mi abuelo materno pose?a minas y viv?a con desahogo gracias a lo cual pudo enviar a sus tres hijas --mi madre, Ana y Mar?a del Rosario-- a educarse a Estados Unidos, donde dos de ellas tomaron los h?bitos y a?n est?n en un convento de Los ?ngeles. La hija que no se hizo religiosa, mi madre, por supuesto, ?compens? la ausencia de las otras en el mundo dando a 16 criaturas de las cuales sobrevivimos 12: Josefina, Mar?a de la Paz, Bernardo, Miguel, Fernando, Ana Mar?a, Pablo, Mar?a de las Mercedes, Mar?a de los ?ngeles, Mar?a Eugenia, Ricardo y Benjam?n. Yo soy Mar?a de los ?ngeles.

Nuestra casa fue una especie de monumento a la fecundidad. Edificada en torno a un patio, al estilo antiguo, ten?a espacio para crecer, y conforme ?bamos naciendo mi padre la ensanchaba construyendo nuevas habitaciones. Al venir al mundo el ?ltimo v?stago, m?s que casa parec?a un peque?o hotel.

Las tres cosas que m?s se me han grabado en el recuerdo de esos d?as son la atm?sfera pac?fica de ?lamos, la belleza de mi madre, la fuerza y hombr?a de mi padre que, como buen yaqui, era hombre de tanta energ?a y personalidad que domin? por completo a su esposa. Creo que hered? la fuerza y energ?a de la familia de mi padre, especialmente de mi abuela, una severa dama india de car?cter duro e inflexible. Cuando ?ramos ni?as, mis cinco hermanas y yo estuvimos sujetas a una severa disciplina y creo que fue principalmente eso lo que model? nuestro car?cter. A mi padre le debo mi fuerza y tenacidad, y a mi madre la ternura y feminidad, pero f?sicamente me parezco mucho m?s a ?l que a ella.

La nuestra era una familia feliz, pues mi padre s?lo se mostraba severo con nosotros cuando la ocasi?n lo exig?a, y trabaj? con mucho empe?o para darnos una buena educaci?n. Aunque tal vez deb? compensar sus sacrificios port?ndome mejor en la escuela. Siempre obtuve malas calificaciones a causa de mis travesuras y en cierta ocasi?n fui expulsada en una escuela cuando las monjas llegaron a la conclusi?n de que era una muchacha incorregible. Todav?a hoy creo que mis diabluras eran bastante inocentes: espiar a las monjas en sus dormitorios y tomar bocadillos y refrescos en mi cuarto durante la noche. Pero a las religiosas nada de eso les parec?a correcto y tuve que sufrir las consecuencias.

En casa sol?a hacer travesuras ingeniosas. Todav?a recuerdo uande que fue v?ctima mi padre. ?l guardaba bajo la cama el usual recipiente de porcelana, y una noche, antes de que se retirara, vaci? en el artefacto de marras un frasco de sal efervescente. Ya se pueden imaginar lo que ocurri? horas despu?s. Mi padre pens? que padec?a alguna enfermedad terrible, y lleno de alarma y miedo comenz? a pedir un m?dico a gritos.

?Nunca me gust? jugar con mu?ecas, prefer?a "echar volados", "jugar a cara o cruz" con los vendedores de helados, asistir a los partidos de futbol y a las corridas de toros, y trepar a los ?rboles. Gracias a este ?ltimo ejercicio adquir? tal elasticidad que todav?a hoy cualquiera pensar?a que tengo huesos de goma.

Hab?a empezado a ir a la escuela cuando mi padre nos llev? a vivir a Guadalajara, capital del estado de Jalisco, donde se le confiri? el cargo de director de la Oficina Federal de Hacienda. Aquel fue, para m?, un per?odo de frecuentes accidentes. Una vez me ca? desde el techo de la casa, que era de tres pisos, y gracias a la elasticidad de mis huesos sal? ilesa. Dos a?os despu?s de veraneo en el rancho de mi abuelo, cerca de ?lamos, ca? en un profundo pozo seco y ah? estuve desde las 3 de la tarde hasta las 9 de la noche. Cuando mis abuelos me encontraron, bajaron un cubo, mesacaron del pozo y advertimos que ten?a una herida seria en el muslo, desde la rodilla hasta la ingle. A?n conservo la cicatriz.

A los 13 a?os dec?an que era una chica guap?sima, y fui elegida reina de los estudiantes de Guadalajara. Ese a?o us? las primeras medias largas y los primeros zapatos de tac?n alto. Pero con todo mi atractivo no pod?a ocultar un defecto: tartamudeaba de un modo horrible. A fin de remediarlo sol?a ponerme piedritas en la boca para declamar en voz alta, y en la escuela escrib?a las lecciones porque no pod?a decirlas. Pero me sobraban admiradores y mis hermanos intentaban protegerme de ellos, seg?n se acostumbra en la provincia. Lo mismo hac?an con mis hermanas. Pero yo siempre encontraba alguna manera de salvar las barreras tradicionales entre personas de uno y otro sexo.

Mi propensi?n a caminar dormida me inspir? una de ellas particularmente ingeniosas. El sonambulismo era real pero en cierta ocasi?n me levant? en plena noche y puse una mesa completa para personas sin darme cuenta de lo que hac?a. Pero a veces simulaba estar dormida cuando en realidad caminaba bien despierta. De este modo od?a dirigirme hacia la ventana a charlar con algunos de los admiradores que me rondaban. Mi madre desconfiada un d?a mepregunt?: "?Si eres son?mbula por qu? no vas al patio en lugar de la ventana?

MI ni?ez no dur? mucho porque cuando ten?a 14 a?os de edad conoc?a a Enrique ?lvarez, apuesto y correcto joven de 19 a?os que trabajaba en una tienda de Guadalajara. Nos conocimos en un baile de disfraces al que concurr? ataviada con el vestido de novia de mi madre y nos enamoramos a primera vista. A los pocos meses Enrique me propuso matrimonio, cosa que no agrad? a mis padres en lo m?s m?nimo. "Este enlace no saldr? bien" --me dijeron. Eres una ni?a y no sabes lo que haces. Aunque se opon?a rotundamente, mi padre firm? el acta legal de casamiento pero? ni ?l ni mi madre asistieron a la boda religiosa. Uno de mis hermanos me llev? al altar.

Pasamos nuestra luna de miel por las cercan?as de Guadalajara visitando pueblitos como Atotonilco y Zamora y la regi?n de Los altos; y de regreso en Guadalajara nos inslatamos en un peque?o departamento donde me sent? muy feliz. Pero a los tres meses empec? a tener nostalgias de la familia. Me hac?an falta mi mam? y mis hermanos, extra?aba mi bicicleta y Enrique lejos de ayudarme a desempe?ar mi papel de ama de casa empez? a parranderar con los amigos y a dejarme sola por las noches. Como realmente era una ni?a no ten?a tiempo de hacer las labores manuales propias de una ama de casa y reconozco que por eso no administr? mi hogar como es debido. M esmeraba porque estuviera limpia la casa y me parec?a que ya era lo bastante. Creo que cuando una mujer procura convertir el hogar en una sociedad feliz, su inexperiencia en cuestiones caseras no debe servir de pretexto al marido para romper el lazo conyugal como lo har?a Enrique m?s tarde.

Ahora, sin embargo, me pongo a pesar que Enrique se descarri? por su juventud e inexperiencia como cualquier muchacho de su edad. Pero durante cierto tiempo llevamos una vida relativamente normal, y al sentirme pr?xima a ser madre pens? que el nacimiento de nuestro hijo lo har?a enmendar su conducta, que volver?a a haber alegr?a en el hogar y que nuestras vidas seguir?an una senda m?s luminosa y s?lida.

Por fin naci? el ni?o y lo bautizamos con el nombre de Enrique. "Quique" deb?a haber tra?do felicidad anuestro hogar, pero por desgracia no fue as?. Mi marido sal?a cada vez m?s con frecuencia y me dejaba pr?cticamente encarcelada en mi propia casa, porque era muy celoso. Fueron sus celos infundados los que causaron a la postre el rompimiento definitivo, producido por algo que hicie sin malicia. Cierto d?a, una vecina y "amiga", que no podr?a salir por hallarse enferma, me pidi? que fuera al banco a cobrar un cheque al portador. Creyendo hacer un bien llev? el cheque al banco, lo cambi? y le entregu? el dinero. Enrique se hab?a ausentado y, al regresar un amigo que trabajaba en el banco le cont? que yo hab?a ido a cobrar un cheque, y como ?l no me hab?a mandado ninguno, me exigi? una explicaci?n. Le dije lo que hab?a pasado y para confirmarlo llam? por tel?fono a mi amiga.? --Enrique se imagina que el cheque era m?o y no tuyo, y quiero que le expliques lo que en realidad pas?, le dije. Entonces mi amiga replic?: --?Cheque? ?Cu?l cheque? El que me diste para ir a cobrarlo, insist?--. Estas loca, Mar?a, no s? de qu? me hablas, dijo, y colg?--. Inmediatamente sal? a buscarla y cuando abri? la puerta de su casa le rogu? que dijera la verdad a mi marido. Pero insisti? en su actitud, y entonces, sin poder contenerme, le asest? dos bofetadas.

En aquella ?poca era una joven atractiva y los hombres me floreaban, lo cual es casi un deporte en Guadalajara. Y un d?a, aburrida porque Enrique, como de costumbre, se hab?a ido de paseo fui con unas amigas a ver c?mo se filmaba una pel?cula cuyo protagonista era Jorge Negrete a quien nunca hab?a?visto, de no ser en el cine. Cuando concluy? una escena, se acerc? a donde yo estaba y me dijo: -- Se?orita, ?le gustar?a hacer cine?

Molesta porque un extra?o, aunque fuera un astro del cine, se tomase tales libertades, le dije con el tono de una ingenua provinciana: --No me hable, soy casada. -- No importa, chula, no soy celoso, explic? Negrete. Abochornada por su osad?a me alej? r?pidamente.

Mientras tanto, mi vida en el hogar se hac?a cada vez m?s insoportable. Finalmente me comuniqu? con?mi padre, admit? que hab?a tenido raz?n en oponerse a mi boda y, como a?n no ten?a edad para proceder legalmente, le rogu? que viniera a tramitar mi divorcio. Yo hubiera sacrificado cinco a?os de mi vida para ver si en ese tiempo se enmendaba Enrique. Pero ya desde entonces ten?a ambiciones de prosperar, me hac?a muchas ilusiones, y realmente me parec?a que cinco a?os era mucho dar a cambio de algo problem?tico. Obtenido el divorcio, tom? a mi hijo y me traslad? de Guadalajara a la ciudad de M?xico, con la esperanza de encontrar empleo.

Ah? pas? algunos meses desesperada, con poco dinero y sin trabajo permanente. Me aloj? con Quique en una pensi?n barata y ocasionalmente obtuve un empleo que nos permiti? mantenernos. Durante la Semana Santa mi esposo vino a pedirme que le dejara llevarse al ni?o por una semana, y naturalmente le di mi consentimiento porque pens? que era lo justo. Nunca me imagin? que no volver?a a recuperar a Quique en muchos a?os. Dios sabe que me esforc? por recobrarlo, mas todo fue en vano, pues el padre hab?a urdido bien sus planes. Implor? y le rogu? que me devolvier al ni?o pero mis s?plicas fallaron porque Enrique y su familia ya hab?an decidido quedarse con ?l y eran m?s poderosos que yo. Desde el momento en que comprend? que hab?a perdido a mi hijo se posesion? de mi ?nimo una sola idea: tener dinero y poder, y en una de las ocasiones en que vi a Enrique para rogarle que me lo devolviera, le dije: "Aunque ahora puedes m?s que yo, llegar? el d?a en que yo tendr? m?s influencias que t?, m?s dinero, y as? como me lo has robado, as? te lo robar?".

El primer problema que me plante? fue el de averiguar d?nde se hallaba Quique. Llam? por tel?fono a varios amigos de Guadalajara, pero nadie sab?a nada. Por fin un d?a logr? comunicarme con Enrique y le ped? que me dijera d?nde estaba nuestro hijo, que me permitiera verlo de vez en cuando. Pero se mostr? inflexible y dijo que el ni?o no estaba con ?l sino con su familia. Casi hab?a perdido la esperanza de ver de nuevo a Quique cuando tropec? en la calle con una mujer que hab?a sido su nana., y la cual me dijo que estaba en Ajij?, un?pueblo cercano a Guadalajara. Una inmensa alegr?a embarg? mi coraz?n, pues al fin ten?a posibilidades de verlo, pero deb?a actuar con cautela pues si Enrique se enteraba se lo llevar?a a otro sitio.

La nana y yo discurrimos un plan: disfrazada de campesina fui con ella a Ajij? y as? logr? ver a Quique de lejos. No intent? acercarme. Por el momento me conform? con verlo.?

Tras esa experiencia entre amarga y dulce comprend? que no pod?a permanecer sola en la ciudad de M?xico. Ped? ayuda a mi padre que ahora viv?a en Navojoa, Sonora, y ?l me invit? a volver a su lado, cosa que hice con gusto. Una vez alojada en el hogar de mis padres, me resign? a llevar la pesada cruz de divorciada. Pronto me convert? en el blanco de las murmuraciones. Los hombres me coreaban, como es natural, y las mujeres rabiaban de celos. No hab?a solterona, vieja o joven, que no hablara de la divorciada hasta que me cans? de tanto chisme y una noche, despu?s de dejar una nota a mi madre, tom? el primer tren que sal?a para la ciudad de M?xico.

Buscando empleo caminaba un d?a de 1940 por las calles de Palma cuando un hombre de porte distinguido se acerc? y me dijo: --Perd?neme que le hable sin tener el honor de conocerla, pero usted es la persona que necesito para una pel?cula. Era Fernando Palacios, un famoso director cinematogr?fico. --El d?a que yo entre en el cine, lo har? por la puerta grande, le contest?, sin tomarlo en serio. No s? c?mo tuve la audancia de hablarle as? cuando no sab?a d?nde estaba esa puerta grande. A Palacios le hizo gracia y dijo: --No s? qui?n ser? usted, pero por el empaque que tiene puede entrar por donde mejor le plazca.?

Tras una serie de entrevistas prolongadas accedi? a?hacerse cargo de m? preparaci?n para convertirme en actriz, y por espacio de dos a?os me dediqu?al estudio enncuerpo y alma. Lo ?nico que pose?a entonces era un buen palmito.. As? pues, le dije con franqueza que no ten?a dinero para vivir ni para?pagar las clases de arte dram?tico. Con toda paciencia respondi?: --No importa, voy a hacer de usted una estrella--. Y me puso en manos de buenos profesores.

El mayor problema entonces era mi voz, hab?a que educarla y modularla. Durante aquel per?odo de aprendizaje hice visitas peri?dicas a Guadalajara para ver a mi hijo --su padre lo hab?a llevado all?-- y cada vez que lo hac?a se intensificaba mi ansia de tener medios para recuperarlo. Impulsada por esta obsesi?n, estudi? y trabaj?con ah?nco?como nunca lo hab?a hecho en mi vida,?y en esa ?poca me volvi? el aut?ntico sonambulismo de mi adolescencia.

Una noche regres? a mi departamento muy tarde --despu?s de un d?a de pesada labor-- me quit? el maquillaje, me ba?? y me met? en la cama; a la ma?ana siguiente advert? con sorpresa que estaba maquillada. Me preguntaba c?mo era posible eso cuando son? el timbre de la puerta y un maneajero me entreg? un gran ramo de rosas y una caja enorme de bombones. Dentro del ramo ven?a una tarjeta con un mensaje que me puso tan roja como las rosas: "Estuviste divina anoche --dec?a. Eres la mujer m?s encantadora del universo. Te amo. A?n estaba dedicada a mis estudios cuando Fernando Palacios se present? en mi departamento con un gui?n en la mano. -- Mar?a, me dijo, lleg? el momento, vas a trabajar en una pel?cula. Creo que tienes una gran oportunidad para consagrarte con Jorge Negrete, el astro de actualidad.

As? comenzar?an las tormentosas relaciones con Jorge y yo. Aunque no lo hab?a visto desde aquella vez en Guadalajara, cuatro a?os atr?s, ahora encabezar?a un reparto con ?l. Cualquier otra muchacha que no fuera yo se hubiera resignado a su condici?n de novicia. ?Yo no! No me sent?a nada segura, pero s? orgullosa.

Amanec?a el d?a en que se firmar?an los contratos, y Jorge y yo nos encontramos frente a frente. Lo primero que me dijo fue: --Hablando a ?lo macho? no pienso servir de escal?n a muchachas inexpertas que quieren hacer carrera en el cine a mi amparo.

--Se?or Negrete, repliqu? ?hablando a lo hembra?, admito que usted es muy bueno como cantante, pero como actor mal?simo. Me mir? con furia, dio media vuelta y se march? sin pronunciar una palabra m?s.

*****

Pronto tuve tambi?n un disgusto con el director Miguel Zacar?as. Movida por la fe en m? misma y por mi orgullo de india, y fiada en el apoyo de Fernando Palacios, asum? una actitud arrogante qye, lo confieso ahora, no se ve?a con mi posici?n de novicia. Insist? en que mi vestuario fuera de lo mejor --cosa que ninguna artista mexicana hab?a hecho antes-- y el estudio contrat? al dise?ador Armando Valdez Peza. Pero como la ropa que me dieron no me satisfizo, fui a la oficina del director y con aire de gran se?ora la arroj? a sus pies.

--Quiero vestidos de seda, le dije. Zacar?as contest? con toda raz?n, que mi papel era de campesina y que las campesinas no usan vestidos de seda.

--No me importa, insist?, la ropa corriente es ropa corriente, y yo no quiero nada corriente para mi primera pel?cula.

Sal? de la oficina con aire majestuoso pero pensando para mis adentros: "Como ?ste se enoje no s? qu? voy a hacer. Quiz?s aqu? concluya mi breve carrera cinematogr?fica". Y me encerr? en mi camer?n. Al cabo de una hora se present? el jefe de producci?n con uina tarjeta en la mano.

--Tome, Mar?a, me dijo, vaya al Palacio de Hierro (una de las tiendas mejores de M?xico) y compre la ropa que quiera.

Al empezar por fin el rodaje me tuve que aprender los di?logos de memoria y pas? momentos de angustia ante el director, pero el trabajo era agradable, aunque Negrete lo hac?a pesado con su actitud. Cuando lleg? la primera escena me present? en el set muy bien acicalada, llena de ilusiones, y al pasar junto a Negreta, ?ste me dijo:?

--Changa, vamos a trabajar.

--Me llamo Mar?a de los ?ngeles, le dije con mi tono grave; si le molesta llamarme por mi nombre, no me nombre de ninguna manera. Jorge no chist? m?s, pero ya no tuvo ni un gesto amable para m?. ?Cierto d?a me dieron un l?tigo para que lo usara en escena, y olvidando que estaba enojado conmigo le dije a tiempo que lo doblaba: --Mire qu? flexibles es este l?tigo.

--S? muy flexible, respondi? ?l, como para cruzarle la cara. Encendida de ira ?le asest? un latigazo y dije: --Ahora tendr? raz?n para molestarme.

A pesar de tantos contratiempos la pel?cula, ?mi primera pel?cula! concluy? en un ambiente cordial, y todos, incluso director y artistas, firmaron el gui?n, seg?n se acostumbra en el cine mexicano cuando debuta una actriz. El ?nico que se neg? a firmar fue Jorge.

Siempre recordar? esa pel?cula "El pe??n de las ?nimas", pues gust? mucho. El p?blico me aplaudi? con entusiasmo, y aunque s?lo gane cinco mil pesos (400 d?lares), me sent? feliz porque el dinero no era lo primordial en mis planes, sino la gloria, la fama... y mi hijo. Hab?a entrado por la puerta grande y tendr?a oportunidad de ganar mucho m?s. Despu?s film? "Mar?a Eugenia" que no tuvo ?xito porque el argumento era mediocre. M?s que nada la hice porque quer?a aprender y tambi?n, claro, porque necesitaba dinero.

?En cambio la siguiente "Do?a B?rbara", basada en la novela de R?mulo Gallegos, s? tuvo ?xito, y creo que vale la pena contar c?mo obtuve el papel principal, pues se han desbordado muchas consejas alrededor de este tema. Cuando los directores de Clasa Films vieron "El pe??n de las ?nimas" se entusiasmaron y me contrataron? para trabajar en varias pel?culas, sin indicar cu?les y en qu? papeles. Por?aquel?entonces se dispon?an a producir "Do?a B?rbara" y la protagonista ser?a una actriz conocida. La compa??a me invit? a un banquete en honor del autor y de los actores.

El d?a del banquete me levant? tarde y como ya no dispon?a de tiempo para peinarme con el cabello suelto, llegu? al restaurante con el pelo estirado en un chongo, como se peinaba la protagonista de la obra. Tan pronto como entr? R?mulo Gallegos, que estaba charlando con la protagonista elegida, me observ? con atenci?n y exclam?: --?Esta es mo doa?a B?rbara!

La Clasa Films me ofreci? diez mil pesos por hacer el papel de do?a B?rbara, dirigida por Fernando Fuentes, y acept? inmediatamente. Entonces advert? que poco a poco aprend?a y me sent?a m?s segura en mi trabajo. Parec?a que el papel, adem?s, se hab?a hecho especialmente para m?: una mujer de campo con muchas agallas. El gal?n era Juli?n Soler, y la ingenua Mar?a Elena M?rquez. Poco antes de terminar el rodaje de do?a B?rbara, Fernando Palacios vino a verme con el argumento de una pel?cula que se llamar?a "La china poblana". Acept? el papel principal y me fue muy bien, pues gracias a ello conoc? al compositor Agust?n Lara. El gal?n de la pel?cula, Tito Novaro, era amigo ?ntimo de Lara, y al enterarse de mi admiraci?n por ?ste prometi? presentarnos. Me sent? encantada, y cuando cumpli? su promesa charlamos los tres como viejos amigos.?Al final decidimos que Tito y Agust?n cenaran en mi casa el s?bado siguiente, y me desped? llena de ilusiones; el "maestro" Agust?n Lara estar?a conmigo, tal vez a solas, y podr?a pedirle que tocara todas mis canciones favoritas. ?Qu? m?s podr?a desear! Al salir del cine me dijeron muchas cosas agradables acerca de mi actuaci?n y pens? que mis amigos eran demasiado generosos con esas alabanzas, pero sus felicitaciones me alagaron y la pel?cula de veras me pareci? buena.

Agust?n nos llev?, primero, a cenar a un restaurante, y luego le acompa?amos a casa de unos amigos suyos donde ?l toc? el piano hasta muy tarde. Al final de la velada ya sent?a una gran atracci?n hacia Agust?n, pero exagerar?a si dijera que estaba enamorada, aunque su m?sica y su compa??a me fascinaban. Pronto se hizo evidente que la atracci?n se hizo rec?proca, nos vimos con m?s frecuencia y me colm? de regalos. Finalmente lleg? a mi departamento un?lindo piano blanco con una tarjeta que dec?a: "En este piano s?lo tocar? mis m?s hermosas melod?as para la mujer m?s hermosa del mundo".

Durante dos a?os nuestra existencia fue de lo m?s feliz. Me llevaba a todas partes: al teatro, de paseo, a los toros. Sentados siempre en primera fila de sol (tribuna popular) , ?ramos el blanco de las puyas de los "asoleados". Jam?s olvidar? aquellos gritos de "Mar?a vas a acabar con el flaco"; o la tarde en que Agust?n fue a la corrida con un traje negro y en el momento en que nos dispon?amos a ocupar nuestros asientos un aficionado grit? a voz en cuello:

--?Mariiii?aaaa, has venido a los toros con paraguas!

(FIN DE LA PRIMERA PARTE)

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Publicado por siglophe @ 23:10
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